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¿Llegar para ser o ser para llegar?

  • Foto del escritor: Ines Loyarte
    Ines Loyarte
  • 14 ene
  • 2 Min. de lectura

Sección: Mente / Espíritu

Escrito por

Inés Loyarte


Todos queremos "llegar", la meta existe, clara o incompleta, pero siempre habita para todos. Quienes somos y quienes queremos ser, a veces hay un abismo, pero nada es imposible. Estar esperando llegar a ser para comportarse como aquella persona solo nos aleja de la meta. ¿Y si para llegar, primero hay que ser?


Nos enseñaron que primero viene el logro y después el permiso. Primero el cuerpo “ideal”, el trabajo soñado, la seguridad económica, la validación externa. Y recién ahí, como si fuera un premio envuelto en papel dorado, aparece la versión de nosotras que deseamos ser.

Pero nadie llega vestida como quien ya fue. Nadie cruza un umbral usando la piel del pasado. Porque la ropa no es el premio. Es parte del camino.


Vestirse como la mujer que querés ser no es disfrazarse: es ensayar identidad, es entrenar presencia, es decirle al cuerpo y a la mente “vamos por acá”. Y lo mismo pasa con todo lo demás: los hábitos, los vínculos, el pensamiento, la forma de hablar y hablarte, de ocupar espacio, de elegir qué sí y qué no.

No se trata solo de ropa. Se trata de cómo desayunás, de cómo caminás, de qué tolerás, de qué postergás “para cuando llegue el momento”. Ese momento rara vez llega solo. Se lo convoca.

Ser para llegar implica una pequeña rebeldía cotidiana: actuar hoy como si ya te estuvieras respetando, aunque todavía no todo esté resuelto, aunque el miedo siga sentado en la mesa.

Porque el cambio no ocurre de golpe. Ocurre en capas. Como un outfit bien pensado, como un ritual que se repite hasta volverse natural.

No esperes llegar para ser. Sé un poco, todos los días y el llegar se acomoda solo.


Hay una trampa elegante que repetimos sin darnos cuenta: “Cuando esté mejor, hago”. “Cuando llegue, soy”.

Cuando tenga más plata me visto así. Cuando baje de peso me animo. Cuando me elijan, me permito. Cuando esté lista, empiezo.

Pero con honestidad, nadie se siente lista antes de empezar.

La identidad no cae del cielo, se construye con actos pequeños y persistentes. Con elecciones que parecen mínimas pero ordenan el camino.


Vestirte como la mujer que querés ser no es magia, pero es dirección. Es decirle al inconsciente: esto es hacia donde vamos.

Y los hábitos funcionan igual. No esperás a ser una persona calma para meditar: meditás para entrenar la calma. No esperás a ser ordenada para ordenar: ordenás para dejar de vivir en el ruido. No esperás a quererte para cuidarte: te cuidás para aprender a quererte.

El cuerpo entiende antes que la cabeza. Por eso la ropa, los rituales, los horarios, los límites, importan tanto. Son lenguaje silencioso. Son votos diarios.

Llegar no es un punto en el mapa. Es una consecuencia.

Y ser no es una meta lejana: es una práctica cotidiana, imperfecta, hermosa en su intento.

No te vistas para celebrar quién fuiste. Vestite para acompañar quién estás empezando a ser.

Lo mismo con tu vida entera.

 
 
 

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