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Madres narcisistas

  • Foto del escritor: Ines Loyarte
    Ines Loyarte
  • 23 feb
  • 4 min de lectura

Columna escrita por

Inés Loyarte


Este texto no es un juicio. Es una invitación a mirar sin miedo lo que duele.


No todas las madres son refugio. Algunas son tormenta. Y decirlo en voz alta incomoda. Culturalmente, la figura materna está rodeada de idealización: sacrificio, amor incondicional, entrega absoluta. Pero la realidad humana es más compleja. Existen dinámicas donde el hijo no es visto como individuo, sino como extensión, competencia o espejo. Nombrarlo no es traición. Es empezar a entender.


Hay madres que se pasan la vida entera identificándose como "víctimas", diciendo que dieron todo por sus hijos, mientras repiten "mi hija me salió mala", o "mi hijo me dio la espalda", "mi esposo me destruyó", pero detrás de ese papel de madre sufrida muchas veces hay una historia diferente. Una historia de manipulación, palabras destructoras, violencia emocional y/o física, descontrol y daño emocional que nadie se atreve a nombrar. Esas madres que viven en constante conflicto, que enfrentan a sus hijos entre sí, que inventan historias, que buscan aliados, y que usan la culpa como su mejor arma.

Las madres narcisistas utilizan la palabra, lo verbal, para lastimar a sus hijos. Frases como:

"Busca un psicólogo" (tratándote a vos como "loca", o como el problema).

"Hacete querer" (como si la falta de amor de ella hacia vos fuera responsabilidad 100% tuya). Pero no depende de su hijo, aunque tenga falencias y se equivoque, depende de ella también, una persona narcisista no puede sentir amor puro, y menos por quien la desafía demostrándole la realidad.

"Si fueras feliz no tendrías resentimiento" (Cuando son ellas quienes generan eso en su hijo/a).

"Mira lo que generas en mi" cuando reaccionan a una situación en la que su hijo les pone un limite, quieren hacerte quedar a vos (su hijo/a) como el culpable de todo, de sus acciones, de su forma de reaccionar, de su dolor e infelicidad. Haciéndote creer que sos un fracaso, que no vales nada, que sos inferior a ella, y que sos vos quien necesita cambiar y sanar, o ir a terapia.


Por lo general, son psicópatas también, así es como le muestran al mundo que "todo esta bien", pero puertas adentro es un infierno. Compiten con su propia hija, hacen de cada conflicto una obra donde ella es la victima, arman un cuento de hadas fuera de su casa, porque allí, su mente reposa en tranquilidad, evadiendo la realidad. El problema llega cuando la enfrentan, quieren huir de la realidad que ellas mismas arruinan, pero jamás podrán, porque es lo que realmente son y tienen en su interior, por lo tanto, se alejen o no de sus hijos en un futuro, esas emociones, odio y resentimiento hacia sus hijos, las perseguirá a donde sea que vayan. Puede generar caos y luego negar que haya pasado. Puede hacerte culpable de su dolor y agravar cada forma tuya de reaccionar, sin darse cuenta lo que ella hace.

Muchas madres pueden ser inmaduros, controladores o emocionalmente torpes sin ser clínicamente psicópatas. El cerebro humano tiene un sesgo: cuando algo duele mucho, busca una etiqueta grande para explicarlo.

Para no entrar en terreno 100% psicológico. Podemos decir que a veces no es “psicopatía”. Es trauma no resuelto. Es inseguridad disfrazada de autoridad. Es miedo a perder control.

Eso no justifica el daño. Pero cambia el mapa.

La pregunta más potente no es “¿qué es ella?”. Es “¿qué efecto tiene esto en mí?”.

Si te sentís constantemente invalidada, culpable por existir, confundida después de cada discusión, agotada emocionalmente, el impacto importa más que la etiqueta.


Hay algo duro en crecer con una figura así: uno aprende a hipervigilar. A leer microgestos. A anticipar estados de ánimo. Eso es adaptación. Inteligente. Pero cansa.

Y acá va algo que casi nadie dice: los hijos de padres muy narcisistas suelen desarrollar una sensibilidad y una profundidad emocional extraordinarias. Porque tuvieron que leer el clima interno desde chicas.

Eso puede transformarse en fuerza. Pero primero hay que verlo con claridad.

No estamos diagnosticando. Estamos entendiendo dinámicas. Entender es poder.

Las relaciones familiares son sistemas. Y los sistemas, cuando los mirás con atención, dejan de ser magia oscura y empiezan a mostrar su ingeniería interna.

También hay que admitir algo incómodo: nuestras madres tienen su propia historia no resuelta. Nadie nos cría desde la pureza emocional. Nos crían desde lo que pudieron. Eso no invalida el cansancio de tener que sostener un vinculo con una madre que lastima, que hiere y que destruye. Solo lo contextualiza.

Observar la dinámica como si fuera una escena. ¿Quién habla primero? ¿Quién se defiende? ¿Quién se calla? ¿Qué frase se repite siempre? Cuando entendemos el patrón, deja de ser destino.

Y algo más delicado: el cansancio también puede ser una señal de crecimiento. Cuando una cambia, las relaciones que no cambian se sienten estrechas. Cuando hay evolución, el pasado pesa mas de lo esperado.

No hace falta resolver nada hoy. A veces solo reconocer “estoy cansado” ya es un acto de honestidad adulta.

El vínculo madre-hija es una de las fuerzas más intensas de la experiencia humana. No es blanco o negro. Es un campo magnético.

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Juli Ojeda
Juli Ojeda
20 abr
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Que lindas palabras

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