No todo lo que sentimos merece ser obedecido.
- Ines Loyarte
- 28 may
- 3 min de lectura
Sección: Mente / Espíritu
Escrito por
Inés Loyarte
Pensar que un instante de reacción puede romper años de construcción. Como obedecer a nuestra mente sobre como ella interpreta la vida, puede dejarnos con tan solo un pedazo de vida.
La ira siempre quiere tener la razón, aunque un instante de ella puede destruir años de amor, el miedo quiere hacernos creer que todo aquello que no aterra es la única verdad, su presencia puede convertirnos en nuestra peor versión. Y el dolor quiere destruir todo lo que toca, el orgullo herido puede alejarnos para siempre de alguien que necesitábamos.
Reaccionar a estos sentimientos puede costarte todo aquello que tanto deseaste y cuidaste y hasta robarte una parte del alma, de a poco, y consumirla hasta que llegue el día en que ya no te conozcas ni un 1%.
Hay emociones que necesitan ser vividas, entendidas, atravesadas, vistas y escuchadas. Sin actuar, sin reaccionar, tomar el camino del silencio interno requiere de mucho valor humano, que a veces debe sostener el fuego con sus manos para no convertirlo en incendio.
Podemos llamarlo como una especie de oscuridad emocional, si reaccionamos, expandimos esa oscuridad a quienes nos rodean. Por eso elegir respirar dentro del caos, es elegirse también, es elegir que batallas merecen la pena jugar y cuales preferimos transformarlas en energía dejando de ser esclavos de la gravedad emocional que intenta hundirnos.
Eckhart Tolle habla de "pain body" o “cuerpo del dolor”. En su mayor parte, nuestro proceso de pensamiento es involuntario, automático y repetitivo. No es más que una especie de estática mental que no cumple ningún propósito real. Estrictamente hablando, no pensamos: el pensamiento es algo que nos sucede. Cuando decimos yo pienso está implícita la voluntad. Implica que tenemos voz en el asunto, que podemos escoger. Sin embargo, en la mayoría de los casos no sucede así. La afirmación yo pienso es tan falsa como la de yo digiero o yo circulo mi sangre. La digestión sucede, la circulación sucede, el pensamiento sucede. voz de la mente tiene vida propia. La mayoría de las personas están a merced de esa voz, lo cual quiere decir que están poseídas por el pensamiento, por la mente. Y puesto que la mente está condicionada por el pasado, empuja a la persona a revivir el pasado una y otra vez. En Oriente utilizan la palabra karma para describir ese fenómeno. Claro está que no podemos saber eso cuando estamos identificados con esa voz. Si lo supiéramos, dejaríamos de estar poseídos porque la posesión ocurre cuando confundimos a la entidad poseedora con nosotros mismos, es decir, cuando nos convertimos en ella.
Durante miles de años, la humanidad se ha dejado poseer cada vez más de la mente, sin poder reconocer que esa entidad poseedora no es nuestro Ser. Fue a través de la identificación completa con la mente que surgió un falso sentido del ser: el ego. La densidad del ego depende de nuestro grado (el de nuestra conciencia) de identificación con la mente y el pensamiento. El pensamiento es apenas un aspecto minúsculo de la totalidad de la conciencia, la totalidad de lo que somos.
Expresa Eckhart Tolle.
El Budismo lo ve como una oportunidad de cultivar sabiduría, paciencia y compasión. Estas emociones negativas son estados pasajeros, no una identidad. Observar la emoción sin convertirse en ella.
Siddhartha Gautama enseñaba algo esencial: el dolor existe, pero el sufrimiento muchas veces nace de cómo reaccionamos al dolor.
Para el Budismo, la conciencia es literalmente salir de la oscuridad automática.
Despertar. Ver la emoción sin arrodillarse ante ella. Al observar una emoción sin enredarnos en su narrativa, reducimos su intensidad. Thich Nhat Hanh, maestro zen, sugiere abrazar la ira con consciencia. Este acto de reconocimiento amoroso disuelve la resistencia y permite que la emoción se transforme. En esencia, el Budismo no busca eliminar las emociones, sino cambiar nuestra relación con ellas, viéndolas como fenómenos cambiantes en lugar de identidades fijas.
Hay algo profundamente extraño en existir, el peso de sentir demasiado, o de no sentir nada, donde los sentimientos pierden nombre, es como flotar sin dirección, atrapados en otra dimensión, aceptando lo que nos ocurre, pero rompiendo la materia pesada de lo que nos apaga, atravesando la gravedad emocional. Volviendo a ese lugar donde todo se hace infinito y en realidad nada existe.

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